“No pasa nada”

Gobernada por el descontrol, la casa fue tomada. Pero no hoy, el día que nos dimos cuenta; sino, pese a negarnos, muchos años antes. Antes de que llegáramos.

Pequeño gran muerto dejaron dentro del placard. Pero, como situación rutinariamente normal, nadie amagó a cambiarle el rumbo. El interés, por su puesto, jugó un papel preponderante en la tomada de la casa. Como le tomaron el pelo a todo aquel que osó decir algo.

“No pasa nada”, formulaban. Frase de la cual no eran propietarios. Aunque, la frase, siempre es propiedad de los que, efectivamente, quieren que nunca pase nada. Como si uno sí quisiera que pase algo. En fin.

Cuando el techo comenzó a caerse, la preocupación comenzó a extenderse. Órdenes venidas desde el más allá. Desde el más allá del teléfono, obvio. Preocupación, sobraba. Soluciones, escaseaban.

Corridas y griteríos, de quienes querían salvar lo poco que quedaba. En el espasmódico intento por hacer parecer que “acá siempre estuvo todo bien”. Y ya nada era posible. O sí, no lo sé.

Metido debajo de la cama, esperé a que el vendaval pasara. Aguardando a que el techo no terminara de caer. Y, por confiado, me aplastara. Burlándose de mí al son del “no pasa nada”. Frase pronunciada con gestos vivamente inmutables. Como los de una estatua.

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